El café boliviano brilla en el mundo

Hay una fragancia que delata el amanecer en muchas casas bolivianas: el café recién hecho. Pero detrás de esa taza hay mucho más que un ritual cotidiano. Hay historia, hay montaña, hay manos que cosechan con paciencia. Y cada vez más, hay reconocimiento internacional.

El café boliviano vive un momento excepcional. No solo por su calidad, sino por la forma en que está posicionándose cómo producto gourmet en mercados globales. Y las cafeterías bolivianas no se quedan atrás, destacan en rankings internacionales.


Café de altura, café de origen

Bolivia es un país montañoso, y esa altitud —entre 1.200 y 2.300 metros sobre el nivel del mar— es una de las claves que hacen del café boliviano un producto tan especial. En zonas como los Yungas, Caranavi, Coroico, Villa Tunari y Samaipata, se cultivan granos con perfiles sensoriales únicos: notas frutales, florales, acidez media-alta y un dulzor natural que se distingue con facilidad en catas especializadas.

El microclima, la biodiversidad y la riqueza de suelos en estas regiones permiten el desarrollo de variedades como Typica, Geisha y Catuaí. Pero también, es el trabajo artesanal de pequeños productores lo que define la calidad.


Reconocimiento internacional (y una oportunidad de oro)

En los últimos años, el café boliviano ha escalado posiciones importantes en el escenario internacional. Algunos ejemplos recientes:

  • En 2024, Bolivia ganó cuatro medallas de oro en el prestigioso Concurso Mundial de Cafés Tostados al Origen (AVPA), realizado en París.
  • El país forma parte activa de competencias como Taza de Excelencia Bolivia, donde se premian los mejores lotes del año.
  • Baristas bolivianos han empezado a competir (y ganar) en certámenes regionales, mostrando el potencial del país no solo como productor, sino también como generador de talento.

Pese a estos logros, aún queda mucho camino por recorrer. Como señalan diversos expertos, Bolivia no produce café a gran escala como otros países latinoamericanos. Sin embargo, eso se convierte en una virtud: su producción es más selecta, cuidada y especializada. Una joya para los catadores exigentes.


Las cafeterías bolivianas también son reconocidas a nivel internacional

Bolivia brilla en el mapa del café. En la edición 2025 del ranking The World’s 100 Best Coffee Shops, cuatro cafeterías bolivianas se posicionaron entre las mejores de Sudamérica, consolidando al país como una de las nuevas potencias cafeteras de la región.

☕ Un reconocimiento que trasciende la taza

El listado, que evalúa la calidad del café, el servicio, la innovación y la experiencia del consumidor, destacó a:

  • Puesto 81: Blacksoul Café Brewing Lab
  • Puesto 74: Somos Specialty Coffee
  • Puesto 56: Café Buena Vista
  • Puesto 53: Roaster Specialty Coffee
  • Puesto 39: HB Bronze Coffeebar
  • Puesto 32: Café 4 Llamas
  • Puesto 30: Alquimia Specialty Coffee
  • Puesto 19: Mugen Coffee Proyect
  • Puesto 11: Typica Café

Estas cafeterías no solo sirven café: defienden una identidad, una historia y un origen.
Cada una trabaja directamente con productores bolivianos, promoviendo el comercio justo, la trazabilidad y el conocimiento del grano desde su cultivo hasta la taza.


¿Qué hace tan especial al café boliviano?

  • Altitud: Café cultivado en altura desarrolla mejor acidez, aromas y complejidad.
  • Variedad genética: Diversas variedades bien adaptadas al ecosistema andino-amazónico.
  • Sombra natural: Los cafetales crecen entre árboles nativos, lo que favorece la biodiversidad.
  • Cosecha manual: Cada grano es recolectado a mano, solo cuando está en su punto ideal de maduración.
  • Producción orgánica: Muchos caficultores bolivianos trabajan sin químicos, apostando por procesos más limpios y sostenibles.

Dónde probarlo

Cada vez más cafeterías especializadas dentro y fuera de Bolivia incluyen café de origen boliviano en sus cartas. En La Paz, Cochabamba, Santa Cruz, Sucre y Tarija existen espacios que lo sirven con métodos de extracción variados: espresso, chemex, v60 o prensa francesa.

También es posible encontrarlo en ferias, mercados y a través de marcas locales que trabajan con cooperativas de pequeños productores. Algunos nombres ya están conquistando paladares en Estados Unidos, Corea del Sur, Japón, Francia y Alemania.


Una opinión personal

Soy de los que cree que una taza de café puede ser también una declaración de identidad. El café boliviano no solo tiene aroma y sabor: tiene historia, tiene geografía, tiene lucha.

Y sin embargo, muchas veces no sabemos diferenciar entre un café de origen y un café comercial cargado de azúcar o mezclas genéricas. Por eso, me alegra ver cómo se empieza a valorar el producto nacional, a entender sus procesos, a respetar el trabajo de quienes están detrás.

Tomar café boliviano no es solo una elección de sabor: es una forma de apoyar lo nuestro. De honrar a los productores, las familias recolectoras, las manos que tuestan con precisión y los baristas que defienden cada grano como si fuera oro (y lo es).


¿Sabías que…?

El café de altura boliviano también se utiliza en coctelería de autor, repostería y heladería gourmet.

En los años 70, Bolivia exportaba café a gran escala, pero hoy ha optado por un modelo más enfocado en la calidad y el comercio justo.

El café boliviano es 100% arábica, considerado el de mejor perfil sensorial.

Existen más de 25.000 familias productoras en el país, muchas de ellas organizadas en cooperativas.

En ciudades como Santa Cruz y La Paz, el consumo se ha disparado en los últimos años, gracias a la cultura de cafés de especialidad.

La hoja de coca: entre tradición, estigmas y reinvención urbana

Una planta ancestral, una historia incomprendida

Hablar de la hoja de coca es adentrarse en un universo complejo. Para algunos es símbolo de identidad; para otros, aún es sinónimo de estigma. Pero lo cierto es que esta planta —tan sagrada como malinterpretada— ha formado parte de la historia de los Andes mucho antes de que existiera un país llamado Bolivia.

Consumida por culturas preincaicas y luego integrada al sistema simbólico y medicinal del Tahuantinsuyo, la coca ha sido usada durante siglos como energizante natural, analgésico, digestivo, ritual sagrado y elemento de cohesión social. Masticarla (o “acullicarla”) no era ni es un hábito marginal, sino una práctica ancestral profundamente conectada al entorno y al cuerpo.

Y sin embargo, el mundo moderno ha optado por reducirla al escándalo. A nivel internacional, el nombre “coca” se asocia de forma casi automática a la cocaína, sin considerar las diferencias fundamentales entre la planta natural y el alcaloide extraído de ella a través de procesos químicos altamente tóxicos.

Para obtener un kilo de cocaína se necesitan alrededor de 250 kilos de hoja de coca —además de sustancias como ácido sulfúrico, queroseno o cemento—. La hoja en su forma natural no genera adicción, ni efectos psicoactivos comparables, ni representa un peligro para la salud.


La hoja legal, cultural y medicinal

En Bolivia, la coca es legal. Su cultivo está regulado y limitado a regiones autorizadas, y su comercialización está controlada por la Dirección General de Comercialización e Industrialización de la Hoja de Coca (DIGCOIN). Su consumo no solo es parte de la vida rural, sino que tiene usos rituales, gastronómicos, terapéuticos y sociales.

La hoja contiene más de 14 alcaloides, además de ser rica en vitaminas (A, B, C y E), calcio, fósforo, hierro y proteínas. Su poder energizante, digestivo y regulador la ha convertido en un alimento funcional para quienes trabajan largas jornadas en condiciones extremas, especialmente en altura.

Y no es un secreto: la NASA y organismos científicos de renombre han estudiado la hoja de coca, reconociendo su composición nutricional como notable. En muchos contextos, su valor supera al de los multivitamínicos industriales.


¿Coca es igual a cocaína? No.

Pese a lo anterior, la confusión persiste. La hoja de coca fue prohibida por la Convención Única de Estupefacientes de 1961 impulsada por la ONU, debido a la presión de países que no entendían ni aceptaban su valor cultural.

A partir de ahí, empezó una larga lucha por la desestigmatización de la hoja, liderada por Bolivia, que consiguió en 2013 su readmisión al convenio con una reserva específica que reconoce el uso tradicional y legal de la coca en el país.

Hoy, sin embargo, el reto no está solo fuera de Bolivia. También está adentro: en cómo se consume, en cómo se transforma, y en cómo se regula una práctica ancestral que empieza a reinventarse en contextos urbanos.

Origen ancestral: un legado que no caduca

Los vestigios arqueológicos revelan que el uso de la hoja de coca se remonta a más de 3.000 años en los Andes centrales. En el imperio incaico, su uso era ceremonial, espiritual y medicinal. El acullico —la masticación lenta de las hojas— no solo brindaba energía: era también un vínculo con lo sagrado.

Hoy, su uso sigue tan vigente como antes. Desde los mineros de Potosí hasta los campesinos del altiplano y los valles, la coca acompaña jornadas de trabajo, rituales comunitarios, celebraciones y curaciones. También está presente en ferias, mercados y tiendas urbanas, aunque el perfil de su consumo ha comenzado a cambiar en los últimos años.


Del acullico tradicional al “acullico recargado”

En el pasado, el acullico —masticar hoja de coca con lejía o “llipta” para extraer sus propiedades— era una práctica casi exclusiva de campesinos, mineros, transportistas o comerciantes de zonas rurales. Hoy, sin embargo, se ha trasladado también a las ciudades, en especial entre jóvenes que buscan una forma de consumir energía sin químicos ni cafeína artificial.

Esta tendencia ha derivado en lo que muchos llaman el “acullico recargado”: mezclas de hoja de coca con ingredientes como mentol, stevia, hierbas aromáticas, frutas deshidratadas o energizantes, ofrecidas en tiendas, ferias o redes sociales.

Aunque la creatividad abunda, el Ministerio de Salud ha advertido que estas presentaciones saborizadas no cuenta con registro sanitario, lo que implica riesgos para la salud, ya que no se conocen con precisión ni las dosis, ni las combinaciones, ni los posibles efectos secundarios.

¿Estamos ante una reinterpretación contemporánea o una banalización de lo ancestral? La discusión está sobre la mesa.


El auge cruceño: donde la hoja se volvió tendencia

Uno de los fenómenos más llamativos es el crecimiento del consumo de coca en Santa Cruz. Según datos oficiales de DIGCOIN, en los últimos diez años el consumo legal en este departamento aumentó en un 27 %, consolidando a Santa Cruz como uno de los principales centros de demanda de coca en Bolivia.

¿La paradoja? Esta región no tiene una tradición ancestral de acullico comparable a la del altiplano. El crecimiento no responde a herencia cultural, sino a una adopción urbana, moderna y funcional.

En la capital cruceña, es común ver a personas jóvenes, estudiantes, oficinistas o emprendedores portando sus bolsas de coca como alternativa a bebidas energéticas, como complemento para entrenamientos físicos o incluso como sustituto del café.

La hoja de coca ha sido absorbida por una estética de lo natural, lo alternativo y lo cool, en un fenómeno que se distancia bastante del consumo más sobrio y ritual de ciudades como La Paz, donde, aunque la hoja es parte del día a día, no ha alcanzado este nivel de masividad entre públicos jóvenes urbanos.

Esto, por supuesto, plantea retos regulatorios y también culturales: ¿estamos reconociendo el valor de la hoja o solo apropiándonos de su imagen?


Más allá del acullico: la hoja en la cocina, la ciencia y el arte

En los últimos años, la coca ha encontrado nuevas formas de presencia cultural y comercial:

  • Infusiones artesanales
  • Helados, chocolates y mermeladas con coca
  • Pasteles, panes, galletas y bombones
  • Licor de coca y bebidas energéticas naturales
  • Cosmética, pomadas y pasta dental artesanal

Estos productos, elaborados por emprendedores bolivianos, buscan revalorizar el uso tradicional, acercarlo a nuevos públicos y contribuir a su desestigmatización.

En la investigación médica, hay estudios que exploran su potencial para tratar diabetes, mejorar la oxigenación o aliviar dolencias musculares, lo que podría convertirla en un superalimento del futuro si se le quitara el estigma legal internacional.

Incluso en el arte, la coca ha sido reivindicada por creadores bolivianos como símbolo de identidad, resistencia y orgullo.

La hoja ya no es solo campo: también es cocina, ciencia, innovación y cultura pop.


Opinión personal: entre el respeto y la responsabilidad

Como boliviano, siento que es momento de reconocer todo lo que la coca representa. No es solo una hoja. Es parte de lo que somos. Es memoria viva, conocimiento popular, alimento para el cuerpo y el alma. Es parte del tejido social, del trueque, de los rituales. Es símbolo y sustento.

Pero también creo que hay que evitar caer en extremos. Ni demonizarla como lo ha hecho el mundo, ni romantizarla hasta ignorar sus riesgos cuando se la mezcla sin control.

Si la hoja de coca ha sobrevivido más de 3.000 años, es por su capacidad de adaptarse sin perder el origen. Cuidémosla, regulemos su transformación, quitémosle los prejuicios, pero también evitemos que se convierta en un producto más del mercado sin alma.

La hoja de coca no necesita permiso para existir. Solo necesita que la entendamos y la respetemos como lo que es: parte esencial de nuestra identidad.

Que se sepa:

  • La hoja de coca no es droga
  • Es medicina tradicional
  • Es patrimonio cultural
  • Es producto con potencial gastronómico, cosmético y terapéutico
  • Es símbolo de identidad andina
  • Y, sobre todo, es una hoja que merece respeto y conocimiento

Tantachawi: cena colaborativa entre Chile y Bolivia con toques asiáticos.

Una cena colaborativa entre Phayawi, Yumcha y la bodega San Francisco de la Horca reunió, en una misma experiencia, productos bolivianos, técnicas asiáticas y maridajes audaces.


Bienvenida a una noche diferente

La noche del viernes comenzó con hospitalidad y emoción en Phayawi, uno de los restaurantes más destacados de La Paz y parte de la reconocida lista de Latin America’s 50 Best Restaurants. Nada más llegar, el ambiente ya anticipaba algo especial. Me recibieron con calidez y me ofrecieron un menú impreso, dividido en dos hojas: una con los platos del evento y otra con las bebidas.

La propuesta gastronómica era el resultado de una colaboración entre Valentina Arteaga, chef anfitriona de Phayawi, y Nicolás Tapia, chef chileno al mando de Yumcha, un pequeño restaurante en Santiago de Chile cuya cocina se inspira en el té, en las salsas y en las raíces asiáticas.

Por su parte, el maridaje fue curado por la sommelier Macarena Aguayo y Marcelo Vacaflores, propietario de la bodega San Francisco de la Horca, una de mis favoritas del país. Como bonus, Nicolás Tapia también preparó una serie de infusiones que fueron pensadas como alternativas sin alcohol para acompañar la experiencia.


Entrantes: texturas, salsas y creatividad

Compartí mesa con amigos y, entre risas y curiosidad, decidimos pedir todo el menú para compartir. Una excelente decisión, porque cada plato tenía algo distinto que contar.

ZAPALLO, PEPITAS, K’OA Y CHARQUE
Un mil hojas de zapallo al horno con emulsión y pepitas garapiñadas, acompañado de charque de llama y k’oa fresca. Un inicio suave, agradable, aunque de sabores más contenidos frente a lo que vendría después.

COLIFLOR, MANÍ Y AJÍ COLORADO
La estrella de las entradas. Una coliflor al horno acompañada de una salsa macha y otra de maní. La salsa macha, hecha con ají, jengibre, ajo, cebolla y maní, robó protagonismo. Una bomba de sabor con técnica impecable. Confieso que repetí cucharadas del plato de mis vecinos.

PEJERREY, TUBÉRCULOS Y CHILI OIL
Pejerrey en escabeche con tubérculos marinados en chili oil, hierbas frescas y una salsa inspirada en la cocina china, ligeramente picante. Sabores bien equilibrados entre dulce, salado y especiado. Fue, sin duda, una de mis entradas favoritas.


Platos principales: contrastes bien ejecutados

TRUCHA, REPOLLO Y PIMIENTA DE SECHUÁN
Una adaptación local del plato insignia de Yumcha. La trucha boliviana se confita y se sirve con caldo de repollo fermentado, kimchi blanco y repollo chino al wok. La pimienta de Sechuán produce una sensación peculiar: adormece la boca y estimula la salivación. Me encantó, aunque agradecí que lo hayamos compartido.

TOSTADA DE CORDERO
Un brazuelo perfectamente cocido, servido sobre tostada con papas nativas y verdes. Lo inolvidable fue el pequeño cuenco con el caldo donde se cocinó el cordero: profundo, cálido, lleno de sabor. Un lujo.


Postres que cierran con altura

KAKIGORI DE LIMÓN
Granizado, helado, crema, galleta y mermelada de limón fermentado. Todos los elementos posibles del limón, perfectamente equilibrados. Para mí, el mejor postre de la noche (aunque, lo admito, soy fanático del limón).

CAFÉ Y CHOCOLATE
Un dúo clásico hecho con insumos de altísima calidad: bizcocho, ganache, helado y nibs de cacao. Ambos productos, café y cacao, bolivianos y excelentes. Sencillo, preciso y muy sabroso.


Maridajes que acompañan con intención

Las infusiones fueron una gran sorpresa. Probé la de wira wira, cedrón, eucalipto, k’oa y miel: intensa, aromática y cálida. Otras opciones incluían combinaciones como:

  • Maní, ají y maíz
  • Kiswara y quinua
  • Quirquiña y zapallo

En cuanto a las bebidas alcohólicas, los cocteles con singani destacaron por su frescura. El que elegí, con cítricos y jamaica, fue el aperitivo perfecto.

Los vinos de San Francisco de la Horca también brillaron. Probé el moscatel de Alejandría y el vino naranjo, ambos en crianza en damajuana. Frescos, expresivos y muy bien pensados para acompañar los platos. Una bodega que sigue destacándose por su dedicación y calidad.


Un cierre con sabor a encuentro

Este tipo de cenas son más que experiencias gastronómicas. Son espacios de aprendizaje, de diálogo entre cocinas, de descubrimiento para el paladar. Tantachawi —que en aymara significa “encuentro”— fue eso: una fusión entre sabores asiáticos y bolivianos, entre productos locales y técnicas foráneas, entre equipos que hablan lenguajes diferentes pero se entienden con el gusto.

Salir de ahí fue hacerlo con nuevas referencias, nuevas preguntas, y muchas ganas de seguir explorando. Porque si algo nos enseña la buena cocina, es que siempre hay más por descubrir.

Maido corona la lista de los mejores restaurantes del mundo en 2025

Cocina nikkei, precisión absoluta y sabor que cruza continentes: así es el número uno


Maido, el restaurante limeño liderado por el chef Mitsuharu ‘Micha’ Tsumura, ha sido coronado como el mejor restaurante del mundo 2025, según la prestigiosa lista de The World’s 50 Best Restaurants. Con esta distinción, Perú reafirma su posición como epicentro de la alta cocina latinoamericana y Maido —que ya había ocupado el podio anteriormente— asciende finalmente al puesto número uno.

Para quienes han probado su cocina —como sucedió hace poco en la cena colaborativa entre Maido y Arami en La Paz— no sorprende este reconocimiento. La experiencia Maido no solo se saborea: se vive, se recuerda y se admira. La cocina nikkei, que fusiona raíces japonesas con ingredientes y técnicas peruanas, encuentra en Maido su expresión más refinada.


Una cocina con ADN mestizo, ejecutada con maestría

Desde su apertura en 2009, Maido ha construido una propuesta que va más allá de la técnica. Cada plato combina ingredientes de mar y tierra con una estética impecable y una narrativa potente. El menú —que puede incluir sashimis con toques criollos, dim sum con ajíes peruanos, dashi de rocoto, nigiris de paiche o erizo, entre otros— se convierte en una experiencia inmersiva donde el Japón ancestral conversa con el Perú contemporáneo.

El resultado es una cocina profundamente identitaria, que no teme al mestizaje y, por el contrario, lo celebra con elegancia, equilibrio y emoción.


América Latina pisa fuerte en el ranking mundial

El triunfo de Maido no fue el único motivo de celebración para la región. La edición 2025 de The World’s 50 Best incluyó a varios restaurantes latinoamericanos entre los mejores del mundo, confirmando el impacto y la relevancia de nuestras cocinas:

  • Quintonil (México) – Puesto 3
  • Kjolle (Perú) – Puesto 9
  • Don Julio (Argentina) – Puesto 10
  • Boragó (Chile) – Puesto 23
  • Mérito (Perú) – Puesto 26
  • Lasai (Brasil) – Puesto 28
  • Mayta (Perú)– Puesto 39
  • Rosetta (México) – Puesto 46
  • Celele (Colombia) – Puesto 48

Estos nombres —junto con Maido— reafirman que la cocina latinoamericana está atravesando su mejor momento, con propuestas que van desde la parrilla tradicional hasta la experimentación más audaz, todas profundamente conectadas con su territorio.


Un puente que también conecta con Bolivia

Hace pocas semanas, Marsia Taha recibió en La Paz a Micha Tsumura para una cena colaborativa entre Arami y Maido. Una noche donde los ingredientes andino-amazónicos se mezclaron con la visión nikkei de Micha, en una secuencia que emocionó a todos los comensales.

Más que una cena, fue una muestra de cómo la cocina puede unir culturas y territorios, demostrando que los grandes cocineros no solo buscan reconocimiento, sino también colaboración y conexión real con otros países.


Opinión personal: ¿por qué Maido importa?

Tuve la oportunidad de probar platos de Maido en Bolivia, y más allá de la ejecución perfecta, lo que permanece es la sensación de estar ante una cocina con propósito. No se trata solo de técnica o creatividad, sino de una identidad firme, de un discurso claro y una entrega emocional en cada bocado.

Maido es un restaurante que sabe lo que quiere decir y cómo decirlo. Su llegada al primer puesto es un reconocimiento merecido, pero también un hito para la región: nos recuerda que la alta cocina también puede tener alma, raíz y memoria.

El cacao boliviano: identidad silvestre, fino y de aroma

Aunque el mundo ya lo ha premiado y reconocido por su calidad, en casa el cacao boliviano sigue siendo un producto poco comprendido, muchas veces confundido o subvalorado. Pero detrás de ese grano oscuro y aromático hay una historia rica, compleja y profundamente nuestra. Bolivia tiene algo que pocos países pueden reclamar con firmeza: cacao silvestre nativo, cultivado sin intervención agresiva, con saberes heredados y una biodiversidad que lo convierte en un verdadero patrimonio.


Un origen silvestre y profundamente amazónico

A diferencia de otras zonas productoras en el mundo, Bolivia posee una de las pocas reservas de cacao silvestre del planeta. Esto significa que hay árboles de cacao que crecen de forma natural en los bosques, sin ser plantados ni injertados. Es una riqueza genética invaluable.

Los territorios de mayor concentración de este tipo de cacao están en el departamento de La Paz, especialmente en las provincias Iturralde, Franz Tamayo, Caranavi y Sud Yungas, donde las comunidades recolectoras juegan un rol clave. Según Azafrán Bolivia, en estas regiones se mantiene una relación ancestral con el fruto, que se recoge en el bosque bajo un sistema agroforestal respetuoso del entorno.


¿Qué hace tan especial al cacao boliviano?

El cacao boliviano destaca por ser fino y de aroma, una clasificación otorgada por organismos internacionales como la ICCO (International Cocoa Organization). Esto se refiere a su perfil organoléptico: tiene sabores florales, frutales, ácidos, a nuez o madera, dependiendo de la variedad y el procesamiento.

Además, su genética es diversa. Se han identificado más de 20 tipos de cacao nativo en el norte de La Paz, lo que lo convierte en un reservorio biológico de alto valor, tanto para la industria como para la preservación cultural.


La cosecha: saberes que no están en los manuales

A diferencia del cultivo intensivo que se ve en otras regiones del mundo, la recolección de cacao silvestre en Bolivia se basa en el conocimiento tradicional. Las comunidades recolectoras, muchas de ellas indígenas, conocen los árboles, los tiempos de maduración, los caminos del bosque.

Los granos no solo se recogen. Se fermentan de forma controlada, se secan al sol y se seleccionan con criterios que combinan tradición con innovación técnica. El resultado: un grano de altísima calidad, que conserva trazabilidad y autenticidad.


Premios internacionales, pero poco reconocimiento interno

El cacao boliviano ha sido galardonado en el International Cocoa Awards, y reconocido en el Salon du Chocolat de París, posicionándose entre los mejores del mundo. Sin embargo, dentro del país, muchas veces es confundido con productos de chocolate industrial, que en realidad contienen muy poco (o nada) de cacao verdadero.


Lo que exportamos… regresa con otra etiqueta

Uno de los aspectos más contradictorios de esta historia es que gran parte del mejor cacao boliviano se exporta en grano, sin valor agregado. Se transforma en el extranjero, donde se convierte en chocolates de lujo, y luego regresa al país con etiquetas en francés, italiano o suizo.

Es decir: comemos chocolate extranjero hecho con nuestro cacao, pero sin saberlo.


Un ingrediente con valor nutricional y simbólico

El cacao boliviano no solo es sabroso. Tiene un alto contenido de antioxidantes, minerales, grasas buenas y polifenoles, lo que lo convierte en un alimento funcional. Además, tiene una carga simbólica ancestral: ha sido moneda, medicina y ofrenda en diversas culturas andino-amazónicas.


Las amenazas: olvido, intermediarios y falta de apoyo

Entre los principales retos que enfrenta el cacao boliviano están:

  • El bajo consumo interno de chocolate real (menos de 200 gramos por persona al año).
  • La confusión del consumidor, que no distingue entre chocolate y sucedáneos ultra procesados.
  • La falta de incentivos estatales a los pequeños productores y recolectores.
  • La sobredependencia de intermediarios, que compran a bajo precio y encarecen el producto final.

Un cacao sostenible por naturaleza

El cacao silvestre no requiere talas, ni fertilizantes, ni pesticidas. Se desarrolla en sistemas agroforestales y aporta al equilibrio ecológico. Es uno de los cultivos más sostenibles que existen. Apoyarlo no solo tiene sentido económico, también es una decisión ambiental.


El potencial turístico y gastronómico

Cada vez más viajeros gastronómicos buscan experiencias auténticas. El cacao podría ser un eje de turismo comunitario, cultural y culinario, con rutas de producción, talleres de transformación, degustaciones y chocolates artesanales.

Además, su versatilidad permite que chefs bolivianos lo usen en platos salados, fermentados, salsas o bebidas, demostrando que su lugar no se limita solo al postre.


Opinión personal: miremos hacia lo nuestro

Como alguien que ha recorrido muchos rincones del país y que se ha formado en el mundo gastronómico, creo que debemos aprender a valorar y defender nuestro cacao y chocolate real. Muchas veces consumimos productos “de chocolate” que son solo azúcar, grasa y saborizantes. Otras veces, celebramos marcas internacionales sin saber que su sabor nace en nuestros bosques.

En Bolivia hay materia prima de altísima calidad, procesos cuidadosos, y un producto final que —cuando se respeta el origen— es de lo mejor del mundo. Solo falta que nosotros también lo entendamos así. Que lo preguntemos, lo pidamos, lo consumamos con criterio.

Porque si el mundo ya lo reconoció, ¿por qué no lo hacemos nosotros?

Cacao, murta y hongos silvestres: una cena a seis manos que unió a Chile y Bolivia

El viernes 6 de junio, el restaurante Arami fue el escenario de una colaboración a seis manos entre tres propuestas notables: Marsia Taha, anfitriona y cocinera de Arami; Javier Avilés de Pulpería Santa Elvira (puesto 57 en Latin America’s 50 Best Restaurants 2024); y Fiol Dulcería, liderada por Camila Fiol, reconocida como la mejor pastelera de Latinoamérica en 2024 según 50 Best.

Aunque Camila llegó a Bolivia para la ocasión, tuvo que regresar a Chile el mismo día del evento por una emergencia familiar. Aun así, dejó su huella: recetas, insumos y sabor perfectamente ejecutados por el equipo de Arami.


El inicio: ceviche, sandía y trufa chilena

La cena comenzó con una copa de Osadía, un espumante rosé boliviano elaborado con método champenoise. Los primeros snacks marcaron el tono de la noche: palta reina con ceviche de jaiba, sabroso y lleno de textura, y un canapé de chivé con carpaccio de sandía y tubérculos crocantes.

Uno de los momentos más memorables fue el paso que cada comensal debía montar en su mesa: sopaipilla de calabaza como base y, por separado, un trío de hongos de recolección cocinados —lengua, loyos y níscalos, traídos desde Chile— sobre los que se ralló trufa chilena. Esta trufa, más sutil que la europea, tiene un aroma profundo, con notas terrosas, y marca el inicio de una producción emergente en el país vecino. El ensamblaje fue personal, y la combinación resultó espectacular.

Maridamos este paso con un rosado boliviano, blend de tannat, bonarda y syrah, de la bodega Marqués de la Viña, que acompañó a la perfección, equilibrado, respetó la complejidad y profundidad del plato.


Maridajes precisos para platos potentes

Se sirvió un moscatel de Alejandría de Tierra Roja, también boliviano, uno de los maridajes más acertados de la noche. Este vino acompañó el que fue, sin duda, uno de los platos más potentes del menú: calamar austral, jamón de albacora, crema de almejas y algas encurtidas, una propuesta de inspiración japonesa, intensa y sabrosísima. El vino logró armonizar con los sabores marinos sin opacarlos, creando un equilibrio notable.

Después llegó el anticucho de paiche, con salsa demi-glace de pollo con tinta de calamar y togarashi, acompañado con papa andina encurtida, todo incrustado en una brocheta. El maridaje fue la Negra Criolla de Jardín Oculto, uno de mis vinos favoritos, siempre expresivo.

Le siguió Ladino, un vino chileno elaborado con uva país, que es la misma cepa que en Bolivia conocemos como negra criolla o misionera. A diferencia de los bolivianos, este tenía un perfil más mineral, marcado por su terroir. El plato: terrina de pato y charque de pato, con mole amazónico a base de cacao boliviano al 70%, acompañado de puré de walusa, papaya verde encurtida y frutas amazónicas como motacú y sinini. Intenso, complejo y profundamente sabroso.


Postres con firma de Fiol Dulcería

La parte dulce comenzó con un espumante Altosama Rosé, que acompañó un postre basado en murta, una baya silvestre chilena: helado, gomitas, frutos frescos y avellanas.

Luego llegó un semifreddo de papaya nativa chilena, más cercana a la carambola que a nuestras papayas. Venía acompañado de mermelada de la misma fruta, crema de maíz y un crocante de maíz nixtamalizado, cuyo aroma recordaba a nuestra pasankalla.

La cena concluyó con petit-fours que Camila Fiol dejó elaborados desde Chile, como broche final de una noche inolvidable.


Un intercambio sincero y sabroso

La integración de sabores y productos fue real: Bolivia y Chile compartieron territorio en cada plato. Conversar con Javier Avilés fue tan fluido como los sabores en la mesa; se notó su talento y claridad en cada paso. Y aunque Camila Fiol no pudo quedarse, su propuesta se hizo sentir de principio a fin.

Compartí mesa con amigos queridos, y entre risas, conversaciones y brindis, la noche pasó sin darnos cuenta.

Sobre los protagonistas

Marsia Taha
Chef boliviana y mente detrás de Arami, en La Paz. Reconocida por su trabajo de investigación y cocina con ingredientes nativos, Marsia fue elegida Mejor Chef Femenina de Latinoamérica 2024 por Latin America’s 50 Best. Su propuesta revaloriza los productos bolivianos con técnica, sensibilidad y sostenibilidad, convirtiendo a Arami en uno de los referentes de la nueva cocina amazónica.

Javier Avilés
Chef chileno y fundador de Pulpería Santa Elvira, restaurante ubicado en Santiago de Chile que ocupa el puesto 57 en la lista de Latin America’s 50 Best Restaurants 2024. Su cocina se caracteriza por el respeto al producto local, el uso creativo de ingredientes de temporada y una interpretación contemporánea de las recetas tradicionales chilenas. Javier es considerado una de las figuras más interesantes de la gastronomía chilena actual.

Camila Fiol
Pastelera chilena y fundadora de Fiol Dulcería, un proyecto que explora la dulcería desde lo técnico, emocional y cultural. Fue reconocida como la Mejor Chef Pastelera de Latinoamérica 2024 por Latin America’s 50 Best. Camila trabaja con productos nativos, técnicas contemporáneas y un enfoque que combina memoria, precisión y creatividad. Su propuesta ha redefinido la manera de entender la pastelería en la región.

Cuñapé, el bocado que conquistó Bolivia con queso, crocancia y memoria

Hay sabores que te acompañan toda la vida. Algunos están ligados a celebraciones, otros a rituales diarios, pero hay unos pocos que se instalan en la memoria con una naturalidad tan cálida que basta un solo mordisco para sentirse en casa. En Bolivia, uno de esos sabores es, sin duda, el cuñapé.

El cuñapé es pequeño, sí, pero poderoso: una esfera dorada, crocante por fuera y esponjosa por dentro, hecha con almidón de yuca y mucho queso. Su historia comienza en el oriente boliviano, pero hoy es una presencia habitual en todo el país, amado por grandes y chicos, por paladares dulces o salados, como desayuno, merienda o simplemente antojo.


Una historia que se hornea desde hace siglos

Aunque su forma moderna se popularizó en Santa Cruz, el cuñapé tiene raíces compartidas con otros bocados latinoamericanos hechos a base de almidón de yuca, como el pão de queijo de Brasil o los pandeyucas de Colombia. De hecho, los historiadores gastronómicos han debatido largamente sobre su origen exacto.

Una diferencia clave está en la preparación y los ingredientes: el pão de queijo no lleva mantequilla y requiere calentar ciertos ingredientes, mientras que el cuñapé sí lleva mantequilla, se prepara con queso semicurado (como el chaqueño) y su masa no necesita cocción previa. Además, el tipo de queso marca una diferencia profunda en el sabor y la textura. No son iguales, aunque sean primos cercanos.

Según Azafrán Bolivia, el cuñapé comenzó como una adaptación local, aprovechando ingredientes autóctonos y saberes regionales, dando como resultado un producto profundamente boliviano, de técnica sencilla y sabor complejo.


¿Qué significa “cuñapé”? Etimologías que también cuentan historias

El cuñapé no solo es un bocado delicioso: su nombre también carga con una herencia cultural que ha sido interpretada de distintas formas. Una de las versiones más difundidas sostiene que proviene del guaraní: “cuñá” significa mujer y “” se traduce como pan o pie, sugiriendo que era una receta tradicionalmente transmitida por mujeres, un secreto de cocina con raíz femenina.

Sin embargo, Azafrán Bolivia aporta otra lectura interesante: en este caso, “pé” se interpreta como pecho o chata, lo que daría como resultado un significado mucho más visual —pecho de mujer— haciendo alusión a la forma redondeada y abultada del cuñapé. Sea cual sea la etimología exacta, ambas versiones coinciden en lo esencial: el cuñapé es un símbolo de identidad, herencia y ternura.


Del oriente boliviano al resto del país

Si bien el cuñapé nació en tierras cálidas como Santa Cruz, Beni o Pando, hoy se lo encuentra en todo el país. Cafeterías en La Paz lo sirven recién salido del horno con café filtrado; mercados de Cochabamba lo ofrecen como merienda de media mañana; en Oruro y Potosí acompaña tardes frías con té caliente.

Cada región lo adapta según el queso disponible o el tipo de horno, pero el resultado es siempre el mismo: una explosión de sabor y textura que se siente familiar, sin importar dónde estés.

Y aunque hoy puedes encontrar versiones industriales, congeladas o listas para hornear, nada se compara con el cuñapé casero. El más delicioso que probé fue en el Beni, horneado en una casa de familia. No tengo una dirección exacta para darte, pero puedo describírtelo: crocante por fuera, suave como nube por dentro, salado en su punto justo. Perfecto.


Opinión personal (y una afirmación sin miedo)

Para mí, el cuñapé no es solo uno de los mejores bocados de Bolivia: es uno de los mejores bocados del mundo. No necesita rellenos ni salsas ni adornos: es puro queso, textura y calidez.

Tiene esa virtud poco común de ser a la vez humilde y sofisticado. Lo puedes comer a media mañana como si nada… o servirlo en una mesa elegante y seguir siendo estrella. Es versátil, es boliviano y es, sin duda, una joya de nuestra panadería tradicional.

¿Sabes qué hace un sommelier? Spoiler: no solo se trata de vinos y copas

Cuando escuchamos la palabra sommelier, muchos imaginan a alguien con delantal negro, girando una copa de vino a contraluz en un restaurante elegante. Pero el trabajo va muchísimo más allá. No se trata solo de vinos, ni mucho menos solo de copas.

El sommelier moderno es un profesional que se ha diversificado y especializado. Hoy, también existen sommeliers de cerveza, de agua, de café, de té, de chocolate, e incluso de puros. Todos con un mismo objetivo: guiar experiencias sensoriales a través del conocimiento profundo de un producto.

¿Qué hace realmente un sommelier?

En esencia, un sommelier es un puente entre el productor y el consumidor. Su rol más conocido está en el restaurante, recomendando maridajes, explicando etiquetas y sirviendo vinos. Pero detrás de ese momento hay una preparación rigurosa que abarca:

  • Conocimiento de producción (vinificación, fermentación, destilación)
  • Geografía, historia y cultura de cada bebida
  • Gestión de bodegas y cavas
  • Psicología del consumidor
  • Técnica de servicio y protocolo
  • Capacidad de comunicación sensorial

Y no solo se trata de vino. Un sommelier cervecero, por ejemplo, debe conocer tipos de malta, lúpulo, procesos de maceración, fermentación y maridajes específicos. Un sommelier de té analiza terroir, cosecha, temperatura, taninos, tradición. Todos entrenan su nariz, su paladar y su capacidad de narrar con claridad y empatía.


Una profesión tan antigua como actual

Aunque el origen del sommelier se remonta a la Edad Media, su relevancia actual está más viva que nunca. Hoy, esta figura es clave no solo en restaurantes de alta gama, sino también en catas, ferias, bodegas, cervecerías artesanales, hoteles, aerolíneas, cruceros, consultorías gastronómicas, medios y eventos de formación.

El mundo necesita cada vez más profesionales capaces de contar historias a través del sabor. Porque eso hace un buen sommelier: leer un producto, interpretarlo y traducirlo en emoción para el cliente.


En mi experiencia: lo que aprendí estudiando para ser sommelier

Estudié para ser sommelier por curiosidad y porque me apasiona el buen beber. Aunque todavía no me considero un profesional en ejercicio, el proceso me abrió la mente (y el paladar) a mundos que antes no conocía.

Aprendí que cada bebida es un universo. Que hay cientos de estilos de vino más allá del tinto seco. Que una cerveza puede ser tan compleja como un blend bordelés. Que maridar café con comida salada no es descabellado. Y que, sobre todo, cada sorbo tiene una historia detrás.


Ser sommelier es ser guía, no juez

Lo más bonito de este oficio es que no se trata de imponer gustos. El buen sommelier no juzga, acompaña. No busca “educar” al cliente desde un pedestal, sino ayudarlo a encontrar lo que le gusta, ofrecerle una alternativa mejor, sorprenderlo con algo inesperado.

Porque al final, la experiencia no está en la botella ni en la copa. Está en el momento que creamos alrededor de ella.


¿Vale la pena estudiar para ser sommelier?

Totalmente. Y no solo para trabajar en restaurantes. Si amas la gastronomía, la cultura líquida o simplemente te apasiona el detalle detrás de cada trago, este camino te va a cambiar la forma de mirar el mundo.

Además, hoy en día puedes especializarte en el producto que más te apasiona: vinos, cervezas, tés, aguas, destilados, café, chocolate. El universo sensorial es infinito.

Una puerta al centro paceño donde comer sano se vuelve un placer gourmet

En pleno centro de La Paz, entre el ruido de autos, el movimiento de oficinas y la arquitectura frenética de una ciudad que nunca baja el ritmo, hay un cartel sobrio que podría pasar desapercibido. Dice simplemente: Ayluri.

Tras ese letrero discreto y una entrada compartida con una tienda de ropa boliviana y una cafetería, se abre un pasillo que parece no prometer mucho. Pero unos pasos bastan para que todo cambie: el bullicio queda atrás, el aire se vuelve más calmo, y una sensación de resguardo aparece. Como si alguien hubiera escondido un oasis justo donde nadie pensaría buscarlo.

No hay estridencias. No hay pretensiones. Solo una atmósfera tranquila y un espacio íntimo, donde apenas caben unas quince personas y cada detalle parece pensado para hacerte sentir bienvenido. Lo que sucede después, sucede en el plato.

Comer sano, con sabor y sin sacrificios

En Ayluri, la comida saludable no se presenta como penitencia ni como moda. Aquí comer bien es sinónimo de comer sabroso, de disfrutar, de experimentar combinaciones equilibradas, texturas envolventes y una sazón que sorprende por su sutileza.

Utilizan ingredientes locales y frescos con un enfoque consciente. Hongos bien cocinados, trucha, pollo jugoso, caldos profundos, hummus de entrada o sopas que reconfortan desde la primera cucharada: todo parece pensado para cuidar el cuerpo sin castigar el paladar. Uno de los platos que recuerdo con más cariño es una nogada de pollo que equilibraba dulzor y cremosidad con maestría. Y aunque ya no está en el menú actual, mi postre favorito de todos los tiempos sigue siendo una paleta de mandarina, con cobertura parcial de chocolate y pasankalla. Una mordida a eso y el mundo se detenía por un segundo.

Aquí uno se siente ligero al comer, pero también completamente satisfecho. No hay porciones mínimas ni sabores planos. Hay comida que nutre, que alegra y que reconcilia.


La mente que transforma ingredientes en experiencias

Detrás de esta propuesta está Mariana Calderón, cocinera boliviana con trayectoria en restaurantes de renombre tanto en La Paz como en el extranjero. Mariana no solo cocina: te atiende, te cuenta, te escucha. Su presencia cercana se nota en cada detalle. Y eso hace que Ayluri tenga algo que pocos lugares logran: autenticidad.

Ella es una impulsora de la alimentación consciente, de esa cocina que valora lo natural sin caer en clichés, que respeta los ingredientes locales sin disfrazarlos, y que abraza la técnica con sensibilidad.

El menú cambia con cada temporada, lo que lo convierte en una experiencia siempre fresca. Hay platos a la carta y también una opción de menú completo para el almuerzo: entrada, plato fuerte y postre. También hay bebidas probióticas, una selección muy cuidada de vinos y alternativas para vegetarianos y veganos.


El lugar (casi secreto) donde volverás

Ayluri está ubicado en la calle Campero #48, dentro del espacio Poder Local, y está abierto solo al mediodía, de lunes a sábado. Es ideal para un almuerzo distinto, sabroso y tranquilo en pleno centro paceño. Una pausa que no se nota desde la calle, pero que cambia el ritmo de tu día.

Puede que llegues por curiosidad, que entres buscando algo distinto o que simplemente sigas una recomendación. Pero lo cierto es que, una vez que lo descubres, Ayluri se vuelve un lugar al que quieres volver. No solo por la comida, sino por cómo te hace sentir: bien, ligero, cuidado y completamente satisfecho.

La sopa de maní, la cucharada más querida de la cocina boliviana

Hay platos que logran contener el alma de un país en una sola cucharada. En Bolivia, esa cucharada humeante y sabrosa se llama sopa de maní. Blanca, envolvente, con cuerpo, siempre reconfortante, esta preparación ha resistido el paso del tiempo sin perder su lugar en la mesa diaria y en el corazón colectivo. Es, sin exagerar, una de las sopas más queridas del país.

No es solo un plato típico: es un símbolo. Y como todo símbolo, tiene múltiples formas, historias y significados. Porque si algo distingue a esta sopa es su capacidad de adaptarse sin dejar de ser ella misma: una sopa que sabe a casa, a campo y a memoria viva.


Una historia que empieza con cazuela (y miles de años de historia)

Se dice que la sopa de maní tiene su origen en la cazuela de maní, una preparación que aún se conserva en los valles bolivianos. Espesa, energética y abundante, esta receta tradicional incluye arroz, garbanzos, repollo, carne, verduras y maní. Con el tiempo, fue evolucionando hacia lo que hoy conocemos como sopa de maní: más ligera, más fluida, pero igualmente profunda en sabor.

Detrás de su ingrediente estrella hay una historia ancestral. El maní que usamos hoy nació en el sur de Bolivia hace unos 9.400 años, como resultado del cruce natural de dos especies silvestres, gracias a la migración y recolección humana. Comenzó a cultivarse hace entre 7.000 y 8.000 años y fue la cultura inca la que lo expandió por Sudamérica y Mesoamérica. En México fue adoptado por los aztecas, quienes lo bautizaron como cacahuate, derivado del náhuatl tlālcacahuatl, que significa “cacao de la tierra”.

Un dato importante: el maní que se utiliza en esta sopa no es tostado. Se emplea crudo, pelado y molido, lo que permite conservar su sabor suave y lograr la textura cremosa que caracteriza a esta preparación.

Sabores que cuentan historias (región por región)

Una de las maravillas de la sopa de maní es su capacidad de adaptarse al territorio. En Bolivia, cada región ha creado su propia versión, con ingredientes y matices que responden a la geografía, al clima y a la tradición:

  • En los llanos, suele servirse acompañada de arroz, yuca e incluso plátano frito.
  • En los valles, puede llevar ají colorado molido en piedra, caldo de chivo o res, y papa.
  • En el altiplano, es habitual encontrarla con carne de cordero y un generoso puñado de papas fritas al hilo coronando el plato.

Esa capa crujiente de papas fritas —jamás negociable— es más que un detalle. Aporta textura, carácter y un sabor que conecta directamente con la infancia, la mesa familiar y la cocina casera.


Una opinión personal (y una receta que une)

Para mí, la sopa de maní es una de las grandes delicias de Bolivia. Un plato que, de alguna manera, nos une. Porque aunque cada región y cada hogar tiene su versión —más espesa o más ligera, con diferentes cortes de carne o ingredientes— la mayoría de los bolivianos la ama. Y eso no es poca cosa.

En lo personal, la prefiero con fideo, con un equilibrio justo entre lo espeso y lo liviano. Y sí: con papas fritas al hilo en la parte superior. Ese contraste entre lo cremoso y lo crocante es, para mí, la definición de lo reconfortante.

Hay comidas que se disfrutan. Y hay otras, como esta, que también se recuerdan. Porque la sopa de maní no solo alimenta el cuerpo: calienta el alma.